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  • Foto del escritorDavid Balaguer

Amor y Belleza

Hoy hay otra historia. Pero antes de contártela me gustaría hacer un par o tres de reflexiones. (Espero que, a pesar de ello, llegues a conocer la bonita historia del final)

Cada vez que oigo que alguien se define como amigo de sus amigos, reconozco que siempre he creído que eso no tiene ningún mérito: No creo que sea una acto de excelso amor, amar a quien te ama.

Sobre la Amistad: Porque del mismo modo que somos serviciales y generosos sin buscar el reconocimiento, pues no prestamos nuestros servicios por interés, sino que estamos naturalmente inclinados a la generosidad, así también pienso , la amistad debe buscarse, no animados por un espíritu mercantil, sino con la convicción de que todo su provecho está en el amor mismo. Cicerón

El amor. Qué decir del amor que no se haya dicho ya.

El amor infantil sigue el principio: Amo porque me aman. El amor maduro obedece al principio: Me aman porque amo.El amor inmaduro dice: Te amo porque lo necesito. El amor maduro dice: Te necesito porque te amo. Erich Fromm

Que genial me ha parecido siempre Erich Fromm.

Y la belleza. De ella Borges dijo:

Al cabo de los años he observado que la belleza, como la felicidad, es frecuente. No pasa un día en que no estemos, un instante, en el paraíso.

De ahí, como ves, ya se salta a la felicidad. Y de la felicidad, saltaríamos fácil y rápidamente al éxito. Pero estos… …ya serán otros temas para otros días.

Quiero hoy, para ti, juntar los conceptos de amor y de belleza. Tanto el uno como la otra son dos grandes fuentes de motivación. Aunque contrariamente a lo que aparenta, la naturaleza de su motor no está en “lo otro”. Sino en la capacidad de sentirlos y apreciarlos desde dentro de uno mismo.

Admirar algo bonito y bello, es como ser amigo de tus amigos: No tiene mérito. Lo mágico empieza cuando aprendes a descubrir belleza donde es difícil apreciarla. Donde otros no la ven.

En cuanto eres capaz de verla ya no dejas de verla nunca ahí. Y como dice Borges, en ese instante estás en el paraíso. Cuando desde dentro de ti mismo nace esa sensación de aprecio, eso que contemplas es… redondo, equilibrado, bonito, …perfecto. Como dice mi amiga 2.0, Brenda Rodríguez: En el momento en que la belleza se quiso perfeccionar se hizo espantosa. 🙂

Si ves la belleza así, ¡Que cercanos están la belleza y el amor!

Ya vaaaaaaa, ya vaaaaaaa. Ahora viene la historia. Es otro clásico. Y la voy a relatar tal y como la recuerdo.

John Slezak se levantó de su asiento arreglando su uniforme, y estudió la multitud de gente que se abría paso hacia la Gran Estación Central.


Estación central

Buscó la chica cuyo corazón conocía pero cuya cara nunca había visto: … la chica de la rosa.


rosa blanca

El interés en ella había comenzado 13 meses antes en una Biblioteca de Florida. Tomando un libro del estante se encontró intrigado, no por las palabras del libro sino por las notas escritas en el margen. La escritura suave reflejaba un alma pensativa y una mente brillante. En la parte del frente del libro descubrió el nombre de la dueña anterior, la señorita Maynell.

Con tiempo y esfuerzo localizó su dirección. Ella vivía en Nueva York. Le escribió una carta para presentarse y para invitarla. Pero al día siguiente, John embarcó para servir en la II Guerra Mundial.

Durante un año y un mes, los dos se conocieron a través del correo, y un romance fue creciendo. John le pidió una fotografía, pero ella se negó. Ella sentía que si a él de verdad le importaba, no importaría como fuera ella.

Cuando por fin llego el día en que él regresaba de Europa, arreglaron su primer encuentro: a las 7:00 de la tarde en la Gran Estación Central de Nueva York.

“Tú me reconocerás”, ella dijo, “por la rosa que llevaré”.

Así que a las 7:00 John estaba en la estación buscándola.

Dejaré que John Slezak te diga lo que sucedió:

“Una joven mujer vino hacia mi. Tenía una figura alta y esbelta. Su cabello rubio y rizado se encontraba detrás de sus delicadas orejas; sus ojos eran azules como flores. Sus labios y su mentón tenían una gentil firmeza y en su traje verde pálido era como la primavera en vida. Me acerqué caminando hacia ella sin darme cuenta de que no llevaba la rosa. Mientras me movía, una pequeña y provocativa sonrisa curvó sus labios:

-“¿Vas por mi, marinero?” Murmuró ella.

Casi incontrolablemente di un paso hacia ella y entonces vi a Hollis Maynell. Estaba parada casi directamente detrás de la chica. Una mujer, ya pasada de sus 40, con cabello grisáceo bajo un sombrero gastado. Era más bien regordeta; sus pies, con gruesos tobillos descansaban en zapatos de suela baja.

La chica del traje verde se iba rápidamente. Sentí como si me partiera en dos: mi deseo tan agudo de seguirla, …y a la vez tan profundo mi anhelo por la mujer cuyo espíritu me había acompañado y apoyado.

Y ahí estaba ella. Su pálida y rolliza cara era gentil y sensible, sus ojos grises tenían un brillo cálido y amigable. No vacilé. Mis dedos apretaron la pequeña y usada copia de cuero del libro: Era para identificarme con ella.

Esto no sería amor, pero seria algo preciado, algo quizá mejor que el amor, una amistad por la que había y debía estar siempre agradecido.

Cuadré mis hombros, saludé y le ofrecí el libro a la mujer, aunque mientras hablaba me sentí ahogado por la amargura de mi decepción.

– “Soy el Teniente John Slezak, y usted debe ser la Srta. Maynell. Estoy muy contento de que me pudiera conocer; ¿la puedo llevar a cenar?

La cara de la mujer se ensanchó en una sonrisa tolerante.

– “No se de que se trata esto hijo” ella respondió, -“pero la señorita del traje verde que se acaba de ir me rogó que me pusiera esta rosa en mi abrigo. Y ella dijo que si usted me invitaba a cenar, yo le diría que le está esperando en el restaurante de enfrente. ¡Dijo que era una clase de prueba!”

No es difícil de entender la sabiduría de la Srta. Maynell: La verdadera naturaleza de un corazón se ve en su respuesta a lo no-atractivo.

Dime a quien amas, dime lo que amas y te diré quien eres.

Te abrazo.

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